Morazán, El Salvador

Morazán siempre fue un lugar lleno de referencias: tierra ignota que pisé, -por primera vez- a los 17 años, cuando acompañé a mi madre a buscar los papeles que le permitirían poner en orden una estancia irregular en un país que, aunque le negaba los derechos, le dio un amor y dos hijas.

No halló nada: la alcaldía en donde se había registrado su nacimiento fue quemada durante la guerra, así que su aparición por este mundo estaba negada por las instituciones. En cambio, y frente a la adversidad que suponía la desaparición  de los archivos, yo hallé historias. 

Supe, por ejemplo -y sin que ella me lo contara-, de los olores de infancia, de los paisajes volcánicos -y trepidantes- de un país siempre en llamas. Supe también de miedo y de cómo, pese a éste, se vivía y se resistía. Antes, el miedo a la guerra; después, el miedo frente a la amenaza anónima encarnada en cualquier muchacho enfurecido. Pero también supe que antes, entonces y ahora, el amor y la solidaridad siempre han sostenido la vida de quienes quieren -y pueden- vivir. Así de potente. Así de injusto.

Supongo que ahí, en esos días, El Salvador -y Morazán, por supuesto-se me  volvió semilla.

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Volví a El Salvador  muchos años  después. Siempre he dicho que debo ofrecer una disculpa, porque sé que la academia no debería ser un espacio de autodescubrimiento psicoanalítico. En todo caso, me refugio en la idea de que como “la historia [también] es lo que duele”, pues no debo, ni quiero, ni puedo, sustraerme de eso que [me] llama ferozmente; de eso que nos hace ir en busca de [mis] nuestras huellas. 

Dice Cristina rivera Garza que “si como habitantes de la tierra solo nos queda estar con otros o volver a estar donde estuvieron otros, entonces  la tarea más básica, la más honesta, la más difícil, consiste en identificar las huellas que nos acogen”.

Y así llegué. Con El Salvador en la mirada y, más específicamente, Morazán escondido en alguna parte oculta del miedo y del deseo.  No puedo negar que parte de la magia tuvo qué ver con la seducción de volver a empezar: allá era una absoluta y total desconocida. ¿Quien puede escapar a la tentación de construir desde cero?

Además, el espacio. Siempre  he dicho que tengo alma tropical, y allá el sol que me mordía la piel, todo-todo el tiempo, siempre fue un gozo.

Y también la academia. Llegué porque estaba haciendo la investigación de la maestría. Entender la violencia de la guerra; hablar con las  víctimas de ésta, esa era la razón  por la que yo estaba ahí.

Pero ni la performatividad -a veces tramposa- de un nuevo comienzo, ni el sol incendiario, e incesante, ni la necesidad de entender formalmente un proceso, lo explican todo.

Un día, en medio de la investigación, me tuve que quedar a dormir en la casa de uno de mis informantes. Moría de pena. No sólo me iba a compartir su testimonio sino que, además, me alojaría. Ni modo.

Fue en Morazán. En la casa de una familia campesina. En un cantón, sin ninguna ciudad cerca. Un cantón que apagaba las luces a las ocho de la noche… porque la vida siempre comienza muy temprano, al despuntar el día.

… y, entonces, se apagó la luz y se encendió el cielo… y la verdad es que -aunque soy de un pueblo pequeño-  jamás vi algo como aquello. 

Para mí siempre ha sido difícil entender las metáforas, pero esa noche decir que vi un “cielo cuajado de estrellas” tuvo todo el sentido. Y lo tuvo porque éstas también estaban, tumultuosas, en mi pecho. 

En ese momento, me sublevó -sí, esa es la palabra- pensar que ese, que ese cielo era el que alguna vez vio mi madre.

Me perturbó pensar que tal vez habíamos visto las mismas estrellas… muchas de ellas solo ecos, porque ya estaban  muertas, desde hacía millones de años luz. Pero vivas o muertas, la sola posibilidad de ver lo mismo, desde el mismo lugar del mundo, me colocó en la certeza de que eso era lo que estaba buscando: lo inconmensurable de la historia, de la memoria, de las referencias más íntimas..

Pero así es la historia ¿no? Esa que duele, esa que también es esperanza, porque nos dice algo desde un cielo estrellado.

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No lo quiero banalizar. No quiero reducir la necesidad [incluso académica] de entender, a la necesidad personalísima de buscarse una misma. Lo que sí quiero hacer es imbricarlas, y esa es una declaración: el corazón, lo que importa y lo que duele, no deberían estar fuera de nuestros esfuerzos por entender este pinche mundo.

Esa noche, en Morazán, tuve la certeza de que había llegado ahí, buscando la semilla.

Sigo en la búsqueda. Seguimos 

Mover [aunque sea un poco] la mirada (para quienes han podido quedarse en casa)

He pasado el confinamiento en casa. Así que, entre otras cosas, he ocupado algo de mi tiempo en pensar… Pensar mucho en lo vivido, en los deseos, en las decisiones que he tomado. Pienso mucho en lo que “ha salido mal”, pero también en todo aquello de lo que no me puedo quejar. 

Aunque no me arrepiento de nada, me persigue la certeza de que “la historia es lo que duele”… pero también es lo que salva. 

El tiempo en estos días es raro; es como una sustancia chiclosa que, aunque pasa rápido, lo hace a la fuerza; en una reproducción infinita de las mismas escenas, como una liga que siempre está a punto de romperse, pero no. Sólo se estira y se estira y se estira trabajosamente. Hay días apacibles; también hay días en que siento que soy/estoy plena. Pero hay días en que todo parece estar desacomodado. Hay días en que una se siente atrapada en esa sustancia chiclosa y no hay para dónde irse, no hay con quien llorar.

En esos días, cuando el mundo se ve más triste, además de pensarme he revisitado mi mirada. He revisado papeles viejos. Me he detenido a ver las fotos que he tomado en distintos momentos de mi vida. Esas capturas me han llevado a otros tiempos, unos en los que fui feliz, o en los que mi mirada se posó en algo que, en esos entonces, me parecía importante.

En el recorrido me he visto. Me veo con los ojos de una mujer que ya no es la misma, pero sí… y advierto que me veo con una mirada benévola, de cariño; incluso pienso que mucho de mi vida estaba bien, aunque entonces yo no lo supiera. Recuerdo. Sonrío. Pienso. Y, en días como estos, deseo poder tener la mirada de futuro, esa que como ya sabe lo que pasó es capaz de ver las cosas con comprensión y dulzura o, por lo menos, con la certeza de que la vida siempre, siempre, es mucho más compleja de lo que a veces sentimos y pensamos… esa que a la distancia nos recuerda que tal vez no estábamos prestando atención a lo importante. 

No es la primera vez que lo enuncio, pero estos días de encierro me han remitido a pensar mucho en el cuerpo; ya he hablado de cómo, al final, una termina añorando el contacto humano, pero también he pensado en la dureza con la que a veces nos vemos. Pareciera que no tenemos derecho a errar, a equivocarnos, a ser “débiles”, a sentir mucho, a querer mandarlo todo a la mierda.

¿Por qué nos cuesta tanto amar la piel que somos?

Cuento todo esto porque los días se están poniendo muy feos y parecen más feos que esos de hace algunos meses, cuando se supone que ya estábamos “en lo peor”… La verdad es que la vuelta al semáforo rojo, además de miedo me causa mucha tristeza. Por ello creo que es importante, mirarnos desde otro lado, tenernos paciencia. No añadirnos pesos extras, no sentir culpa por sentirnos mal. 

Con esto no estoy insinuando que la solución está en mirarnos el ombligo, y abandonarnos a la autocomplacencia. Más bien creo que hay que pensar muy seriamente que hemos llegado hasta acá y nos tenemos. Pienso que hay que cuidarnos, en soledad y colectivamente, y valorar la vida, en el sentido más simple que es el más amplio: la vida es esa profunda potencia que encarna el saber que el corazón que late en mi pecho, lo hace porque hubo muchos corazones a lo largo de la historia que también lo hicieron, y que gracias a eso estamos aquí. Así de sencillo y azaroso, así de fuerte.

Es un tremendo cliché, pero si algo pudiera decirle a esa mujer que soyfui, es que sonría ancho como le gusta, que abra los brazos como si quisiera abarcar al mundo. Que al final, todo, todo pasa. Hasta las pandemias. Y eso también es lo que quiero decirles a ustedes. 

Nadia Vera

Los muertos están cada día más indóciles
Roque Dalton

A Nadia la conocí en la preparatoria, en Comitán. Nuestra relación, aunque relativamente breve, fue muy intensa. Además de la corta estatura, compartíamos ideas y sueños: desde entonces, Nadia sabía que las cosas estaban muy mal y que había que cambiarlas. Nadia soñaba con transformar el mundo.

Pienso que nos conocimos en un momento fundamental de la vida, justo en los años en los que se nos va construyendo el carácter y van tomando forma nuestros sueños y esperanzas; en el tiempo en que se descubre el camino por el que se quiere caminar la vida.

Fue en San Cristóbal, a donde las dos fuimos a estudiar la licenciatura, que la vida nos acercó y en sus frías noches nos conocimos mejor. Compartimos la habitación, las risas y el dolor de los amores juveniles; bebimos, fumamos y escuchamos música; cantamos a Silvio y a Sabina, que tanto le gustaban. Caminamos, caminamos mucho, y peleamos. También peleamos: yo era una chica respondona y ella también. A Nadia nunca le salió muy bien aquello de quedarse callada, con nadie. Fue ahí, en ese tiempo, que Nadia se me volvió entrañable.

Ninguna de las dos terminaría la licenciatura en Chiapas, nos iríamos bien pronto de San Cristóbal, pero Nadia fue la que partió primero: Nadia decidió que sólo podría volar en Xalapa, y un día, sin decir que era definitivo, tomó sus cosas y se fue. Dejó San Cristóbal y se fue a construir mundos lejos de nuestro terruño. Después también me fui y nuestros caminos tomaron rumbos muy distintos.

Pasarían muchos años antes de que nos volviéramos a encontrar. Un día, por las calles de la Ciudad de México la volví a ver. Estaba igual a como la recordaba: con sus pantalones acampanados y una gran chamarra azul. Sonreía. Seguía fumando. Después nos reencontramos en Comitán, y recordamos las aventuras de los años pasados; volvimos a cantar juntas y a reír. Restablecimos contacto y, a partir de ese momento, nos saludábamos de vez en cuando. Me parece que a las dos nos alegraba sabernos bien.

Hablé con ella por última vez en noviembre de 2014. Yo estaba en El Salvador y ella me pidió que le contara a quienes pudiera que en Veracruz las cosas estaban muy mal. No me lo dijo, pero ahora sé que temía por su vida. Nadia, congruente como era, había trabajado mucho por/en Xalapa; por todas y todos. A Nadia la empezaron a perseguir porque era pulsión de vida en un mundo de muerte.

Y por eso tuvo que abandonar Xalapa e ir a la Ciudad de México. Terca, como era, no iba a darles –a ellos, a quienes la perseguían- el gusto de quedarse sin hacer nada. No iba dejar de luchar por su derecho elemental a transformar una realidad injusta. Por eso, por eso la mataron en su casa, junto a Mile, Yesenia, Alejandra y Rubén.

Tal vez quienes les asesinaron nos querían decir que no vale la pena; que acá, en este país, luchar por el amor y la solidaridad se paga muy caro. Tal vez querían que el miedo nos hiciera olvidar sus nombres, sus rostros, sus voces.

Por alguna razón, lo que más recuerdo de Nadia es su voz: una voz firme, un poco ronca, pero muy dulce. Una voz que era capaz de despertar furia, de transmitir esperanza. Quienes la asesinaron se equivocaron. Quienes acá seguimos sabemos que sólo nos queda seguir apostando por la alegría y la solidaridad, porque Nadia es de esas mujeres que aún después de la muerte sigue sembrando vida.

A cinco años de tu asesinato, aún impune.

Justicia para Nadia, Rubén, Mile, Yesenia y Alejandra.


#JusticiaNarvarte
#JusticiaParalxsCinco
#JusticiaParalxs5

Roque Dalton

La verdad es que no sé cuándo fue la primera vez que leí a Roque Dalton. Tengo el lejano recuerdo de sus Historias prohibidas Taberna en el librero de mi padre, así como una vaga referencia a su nacionalidad: salvadoreño, como mi madre.

Tal vez Roque Dalton se volvió parte de mi vida cuando pisé su país, que también es el mío. Me gusta pensar en mi llegada a El Salvador como mi personalísimo viaje a la semilla. No estoy segura, pero es muy probable que ahí, en esa tierra que no conocía pero intuía, Roque se me volvió entrañable. No sé si porque me hablaba de una historia que era mía, aunque yo no la conociera, o porque me contó de la rebeldía que deseé para mi vida desde pequeña. Tal vez Roque es tan importante para mí, porque es la mixtura de la existencia de mi madre y los sueños de mi padre. 

Tal vez fue sólo porque sus letras me revelaron una verdad lapidaria: Poesía/ perdóname por haberte ayudado a comprender/ que no estás hecha sólo de palabras. O porque me hizo pensar en aquel amor al que llamé ojos de profunda miel de miel oscura; quizás porque, como él, amo los días celestes de enero y creo, fervientemente, que la poesía es –o debe ser- como el pan, de tods. Tal vez porque dicen que tenía un peculiar sentido del humor, y yo estoy enamorada de la risa. Seguramente tuvo qué ver el que le gustaba la cerveza… como a mí. 

Debe ser todo eso. Porque en Roque hallé a alguien que parecía conocerme la historia, los sueños, los miedos, los amores, los deseos. Porque en estos días de encierro me recuerda que aunque hay momentos en que he sentido que de no ser por este corazón,/ por este palpitante planeta musical,/ ya me habría marchado a tratar de morir, hay cosas maravillosas acá adentro, como afuera. Porque no estoy sola, porque junto a mi miedo el miedo que vencieron los muertos,/ junto a mi soledad la vida que recorro,/junto a la diseminada desesperación que me ofrecen,/ los ojos de los que amo/ diciendo que me aman.

Sospecho que el repertorio de experiencias en mi vida podrá seguir siendo contado con las palabras de Roque, o así me gusta pensarlo. Es lindo imaginar que una vive tan intensamente –y tan bonito-, que una ama la vida tan profundamente, como Roque lo expresaba.  

Escribo todo esto porque a Roque lo mataron el 10 de mayo; pero hoy, a la víspera, lo traigo metido en la memoria…. Y no dejo de pensar, de sentir, las palabras que le escribiera otro poeta, como él, acongojado frente a la certeza de que la muerte, esa que no era suya y que le llegó tan temprano, no sabría qué hacer con tanta vida.

Han pasado cuarenta y cinco años de su asesinato, aún impune; y yo, que sólo lo conozco por sus letras, siento un huequito pequeñito (como nuestro Pulgarcito), y pienso, como él mismo dijera: hace frío sin ti, pero se vive.

El Salvador. Pandemia y pandillas

El fenómeno de las pandillas en El Salvador es bien complejo. En el contexto de la emergencia sanitaria debido al nuevo Coronavirus que provoca la enfermedad COVID-19, han ocurrido eventos que llaman profundamente mi atención y que van desde la noticia de que tanto la MS 13 (Mara Salvatrucha 13), así como las dos facciones del Barrio 18 (sureños y revolucionarios) han tomando acciones para obligar -sí, obligar- a quienes viven en los barrios que tienen controlados a respetar la cuarentena, hasta la nota publicada el día de hoy relativa a que el presidente de aquel país, Nayib Bukele, autorizó el uso de la fuerza letal en contra de cualquier persona que presuntamente pertenezca a estos grupos.[1]

Frente a todos estos eventos, me limitaré a comentar la sensación que me han dejado las fotografías que circularon el día de hoy, en las que se ve a pandilleros, recluidos en el penal de Izalco, amontonados, algunos con cubrebocas, prácticamente desnudos (sólo usan ropa interior), y un video, que comparto acá (cuya fuente es la Secretaría de Prensa de la Presidencia de la República de El Salvador),[2] con imágenes similares. 

Las fotografías hacen referencia a la noticia referente a la orden que el presidente Bukele giró para que haya “encierro absoluto las 24 horas al día, durante todos los días” de los pandilleros recluidos, debido al incremento de homicidios en el país centroamericano y atribuido a las <<maras>>. Por su parte, en el video las imágenes sirven para ilustrar el que han mezclado a los pandilleros en los penales; es decir, ahora están juntos miembros de la MS13, Barrio 18-Sureños y Barrio 18- Revolucionarios.

  1. La foto. En la mañana, conversando con unas amigas en un grupo de whatsapp una de ellas hizo referencia a una fotografía de pandilleros salvadoreños encarcelados, publicada en un diario (y también difundida por los canales oficiales del gobierno salvadoreño, junto a otras más); “es inhumana”, fue su expresión. Como no había visto la foto, la busqué y, en efecto, compartí su impresión. Sin embargo, no pude dejar de pensar que la imagen, aunque brutal, ofrecía una mirada “higienizada” de los pandilleros. Que no se mal entienda, no quiero decir que la situación en la que los cuerpos de los <<mareros>> es expuesta en esas imágenes sea aceptable, todo lo contrario. Frente a las fotos de pandilleros en ropa interior, con el torso descubierto, el cabello cortado al rape, en un espacio que es como un salón que se ve limpio, evoqué las imágenes cotidianas de las cárceles salvadoreñas, esas que han sido calificadas como las peores del mundo, en donde lo que se ve es suciedad, hacinamiento, desesperación.[3] Me acongojó mucho pensar que si las imágenes que hoy circulaban son brutales, lo grave es que éstas son sólo un pequeño botón de muestra de la situación de las personas encarceladas en El Salvador. La situación de las cárceles salvadoreñas es brutal, inhumana, y el contexto de la pandemia ha permitido que los derechos de las personas recluidas continuamente vulnerados, puedan serlo aún más. 



  2. El video. En el documento audiovisual compartido por la Secretaría de Prensa de la Presidencia de El Salvador, se ve a presos de las distintas pandillas juntos. Lo anterior puede parecer una anécdota sin relevancia; sin embargo, a menos que me esté perdiendo algo muy importante, el hecho me parece preocupante. Me explico: casi desde el inicio del problema de las pandillas en El Salvador, en la década de los noventa, se tuvo que separar a los presos y, al día de hoy, no se recluye juntos a los miembros de <<maras>> distintas, porque eso implicaría trasladar la violencia de las calles a los centros penitenciarios. La medida fue, y ha sido, muy discutida porque, de acuerdo a algunos análisis, esta situación lo único que hizo fue fortalecer a cada una de estas agrupaciones, dado que al estar juntos podían organizarse de mejor manera y girar instrucciones para la comisión de delitos, como la extorsión, desde dentro de las cárceles. Sin embargo, en este contexto, independientemente de si la medida era la más adecuada o no, el hecho es que tener juntos a miembros de distintas pandillas puede suponer un peligro de violencia al interior de los reclusorios. 

En este contexto, no dejo de pensar que en los momentos en que vivimos es fundamental pensar en este fenómeno, sobre todo a la luz de que se considera que las pandillas cuentan con aproximadamente 60 mil miembros en el país, más los que puede considerar como sus “bases”, integradas por sus familias. 

Lo anterior, bajo el entendido de que, a diferencia del crimen organizado, la mayoría de los miembros de las pandillas no vive en una situación económica privilegiada; más bien se trata de jóvenes precarizados que no han tenido muchas opciones en la vida, como la mayoría de las y los salvadoreños. 

Las imágenes que mencioné arriba, me han hecho pensar en cómo desde hace décadas el gobierno salvadoreño no ha abordado de manera integral el problema de las pandillas; sus acciones siempre han estado construidas sobre la base de enfoques prejuiciosos, policiales y punitivistas, que no han tenido la intención de ofrecer alternativas a miles de jóvenes, para que puedan escapar de la violencia.  

Si consideramos que la emergencia sanitaria ha sido aprovechada por el presidente salvadoreño Nayib Bukele, para mostrar su cara más autoritaria, y se ha hecho evidente que le importan muy poco los sectores más desfavorecidos de su país, es preocupante pensar que, en este contexto, los pandilleros son los descartables de los descartables: si enferman es probable que no se haga mucho por ellos y, ahora, además se les puede asesinar porque el estado autorizó el uso de la fuerza letal en su contra.

Sé que ubicar a los pandilleros como los descartables de los descartables puede ser polémico, sobre todo si pensamos que es muy complicado poner en una misma oración pandilleros y derechos humanos, y que puede ser muy fácil hablar de cómo se debe respetar los derechos de los <<mareros>> a la distancia, desde la comodidad de un barrio que no es asediado por las pandillas; sin embargo, es mi convicción el señalar que todos los seres humanos merecemos respeto y que, dado el caso, merecemos ser sometids a procesos judiciales limpios, en el que se ponga en contexto nuestra situación individual y colectiva. Que la pandemia no sea un pretexto para eliminar a quienes han sido construidos como descartables; esas vidas que no merecerían ser vividas: ls pobres, ls racializads, algunas mujeres y, en este contexto, los pandilleros. 

[Foto: Facebook de la Presidencia de la Repúlbica de El Salvador]


[1] https://www.dw.com/es/presidente-salvadoreño-autoriza-a-usar-fuerza-letal-contra-el-crimen-organizado/a-53254024?fbclid=IwAR2kWbOS82E1VYUvkIPejvIb3HAR9V07O-Vv0QgbVodWqNhWs6DUWveD06E

[2] https://www.facebook.com/392490661569715/posts/681874012631377/?vh=e&d=n

[3] https://www.eldiario.es/desalambre/carceles-masificadas-America-Latina_12_401879810.html

Depresión y cuarentena

Desde hace 23 años he vivido con depresión. He tenido acceso a la salud, a la información, a la comprensión y al cariño; por ello, soy una persona funcional, con una familia y una profesión. Esta compañera silenciosa que se llama depresión me ha enseñado mucho y me ha ayudado a ser una mujer en resistencia, siempre atenta, siempre pensante (aunque eso no garantiza que mis pensamientos sean acertados). En mi caso, descuidarse no es una opción. En mis cuadros depresivos más severos he llegado a sufrir migrañas que me dejan parcial y temporalmente ciega y bajas de defensa que me provocaron, por ejemplo, herpes zóster.

Cuando se anunció la cuarentena decidí que estaría preparada y empecé un diálogo interno. Cada paso tenía que ser calculado y cada día tenía que ser examinado. La mayoría de las personas que vivimos con depresión sabemos que hay acontecimientos críticos que desencadenan malestar, pero, en general, son pequeños detalles, casi imperceptibles, los que te van dañando. Pienso que la salud mental es un tejido fino y que cada hilo es importante. Cuando menos lo esperas, ya estás en un vado al que llegaste lentamente y sin darte cuenta.

El último día que fui a trabajar fue particularmente difícil. Laboro en el sector educativo, estoy en una dirección. La mayor parte de nuestra población de estudiantes pertenece a la clase media baja y baja. Las mamás se acercaban a mí con lágrimas en los ojos, me contaban que son esposas de albañiles desempleados por la contingencia, que eran trabajadoras domésticas que “descansaron”, que no sabían cómo darían continuidad a la educación en línea que les propusimos. Abuelitos apenados conmigo se acercaban para intentar explicarme que no sabían cómo funcionaba lo del whatsapp. Yo escuché, expliqué, traté de resolver. Se supone que estoy en ese puesto porque tengo el carácter ¿no? Ah, acá tiene que llegar la voz de la razón que me dice que no puedo con todo, que se vale llorar y sentir rabia contra el sistema, contra las desigualdades. -Resuelve en el trabajo, pero llega a casa a desahogarte, gritar y reconocer que estás triste. -Así empieza la cuarentena, este es el primer hilo de mi bordado: estoy triste.

Después, viene el confinamiento, escuchas la información, mencionan el grupo vulnerable, llegan a tu cabeza tus papás. Pienso tanto en mi papá: un hombre mayor de sesenta años, hipertenso, trailero. Hace unos años su mejor amigo murió por neumonía, murió de frío. No tuvo dinero para comprar diésel y encender la calefacción de su trailer. Mi padre no va a detenerse, no puede detenerse ni siquiera lo contempla. Pasó a visitarme, me trajo comida, me contó sus sueños, sus ganas de vivir; rechazó abrazarme y se fue no sin antes decir que me ama. Así sigue mi bordado: estoy angustiada por la vida de mi padre.

Los días pasan, mi trabajo me mantiene ocupada desde las 8:00 am hasta las 10:00 pm. Hay muchos caprichos, muchos reproches. Trabajar con tutores, padres y madre de familia, estudiantes y docentes, intentando mantener armonía entre ellxs es casi como armar un rompecabezas. Puedo con eso, eso no me afecta, creo. Llega un mensaje y luego una llamada: en la comunidad hubo un feminicidio. Te toca resolver. Te has repetido una y otra vez que no seas empática, no des ese paso. -Resuelve, resuelve, tu alumno te necesita, resuelve. -Lo haces lo mejor que puedes, sale. Das las condolencias mientras introduces el siguiente hilo: estoy desconsolada.

Llega el viernes, es el día que cuidas a tu abuelita, la única que te queda. Sales de casa, pasas por las áreas comunes de la unidad, están repletas de gente jugando, fumando y conviviendo sin ninguna medida de precaución. Te concentras en ir a ver a tu abuela. Antes de entrar al estacionamiento ves a una pareja de ancianos en sus sillas de ruedas, son las 7:00 de la noche y ellos están ahí vendiendo dulces. Compras casi todo el puesto mientras introduces el siguiente hilo: estoy indignada.

Podría seguir escribiendo todo eso que nos trae el encierro, la cuarentena y la contingencia; pero no es esa mi intención. Escribo estas líneas para invitarles a reconocer sus emociones, por más oscuras y amargas que sean, sólo así identificaremos aquello que nos desgasta y nos consume, antes de que sea demasiado tarde. En mi bordado están estos hilos oscuros, pero también están los que lo complementan: el amor, la comunidad, la esperanza, las risas y los memes. Pronto escribiré de eso. Quisiera decirles que está bien sentirse frágil, ausente y distante. Crear rutinas y hábitos que nos permitan tener piso y pedir auxilio. Siempre recomendaré la ayuda profesional, pero también quiero invitarles a escucharse, verse en un espejo y decir “estoy deprimida y saldré esto”

De soledad y cuarentena

junto a mi soledad la vida que recorro,
junto a la diseminada desesperación que me ofrecen
los ojos de los que amo
diciendo que me aman
Roque Dalton

Sé que las fantasías sobre el fin del mundo también se alimentan de mitos que muchas de las veces son opresivos, como el del amor romántico. Así, en tiempos de apocalipsis zombie o pandemia, es requisito casi indispensable que exista alguien que lo abandonará todo para estar en el último momento con una. No es muy elegante que el final de los tiempos te agarre solita, en compañía de tus gatos. 

Por su puesto que, en general, en estos días la gente se encuentra acompañada de sus afectos, pero estamos quienes nos encontramos en otras circunstancias. Quizás en otro momento, esta situación me habría llenado de profunda tristeza, pero ahora me gusta pensar que la vida es más compleja y diversa que las fantasías construidas en torno a cómo se debiera vivir el final de los tiempos, y que no es un fracaso radical el que a algunas nos haya tocado pasar los días de cuarentena con la única compañía de nuestros gatos (otro cliché, ja). 

Aunque llevo muchos años viviendo sola, la soledad se siente mucho en estos día. En general, creo que lo llevo bien, pero no puedo negar que de pronto me siento más sola que nunca y que me desespero, me enojo. A veces siento muchas ganas de llorar. Lloro, río y vuelta a empezar. Los días han sido menos glamorosos de lo que una imaginaría: dedico mucho tiempo al trabajo doméstico, ese que nunca se acaba: hay que limpiar el arenero de los gatos, cocinar, lavar los trastes, limpiar la cocina, limpiar toda la casa, echar agua a las plantitas. Son tareas ineludibles, pero me refugio en la reflexión de que al hacerlas estoy reproduciendo también la vida. Al estar sola, en estos días mi compromiso principal es el de ocuparme de mí, de construirme una existencia digna… Claro que, en la medida de mis posibilidades, también estoy al pendiente de mis seres amados, pero dadas a las circunstancias, esto sólo puede ser a la distancia. 

También he leído mucho; para mí, los libros siempre han sido refugio y, en esta ocasión, me han acogido con dulzura. La poesía ha sido un bálsamo para los momentos en que aparece la desesperación y la tristeza. He escuchado mucha música. He postergado, de manera casi enfermiza, la tesis. Sé que la tengo que enfrentar, pero no me quiero desquiciar. Hay tiempo, habrá tiempo, me repito. 

Al final, vuelvo a las fantasías sobre cómo el mundo se termina y aunque, en efecto, la vida es más compleja y diversa, en estos días la narrativa en torno a que siempre debe haber alguien, para muchas puede ser demoledora. Soy afortunada, el feminismo y mis amigas me han enseñado que no estoy sola. Sé que hay una red que me sostiene y a la que sostengo; sin embargo, no puedo negar que, aunque desde otro lugar, esta situación me ha remitido al espacio más básico, el más intimo y el más mío: mi cuerpo.

Echo en falta las voces, la sutileza de las entonaciones en una plática. Extraño las miradas, incluso las duras, cuando digo alguna insensatez. Me hace falta el contacto del y en el cuerpo: añoro el contacto de la piel y los olores que se han vuelto abrigo. Quiero besar. Quiero abrazar y que me abracen. 

Hay sesudas discusiones entre filósofos, sí, hombres; están los que plantean que después de esto nada será igual y que, casi seguramente, todo esto ha herido de muerte al capitalismo y los hay quienes afirman que el mundo no se transformará en ese sentido, sino que más bien el sistema se descarnará aún más y nos espera lo peor. Frente a cualquiera de estas dos opciones,  me interesa retomar lo que las mujeres están diciendo: ellas están hablando de los afectos, de la vida cotidiana y de las resistencias. 

Sea una u otra opción, me parece que hay que seguir haciendo lo que las mujeres hemos hecho desde hace mucho: tenemos clara la radicalidad del cuidado; la importancia del cuerpo, como espacio de expresión y construcción de los afectos. Todo eso que ha sido ninguneado en muchas reflexiones que se pretenden emancipatorias y que ha sido relegado al ámbito de lo que se supone nos toca a las mujeres. Hay que tener claro que no está mal, ni es un fracaso estar sols, pero sobre todo, hay que continuar cuidándonos, amándonos, expresando los quereres. 

Este no es el fin del mundo, pero si lo fuera, es importante sabernos amads, incluso a la distancia; es importante saber que no estamos sols. Es importante tener una red que nos cuidará y a la que cuidaremos. Hay que diversificar los afectos y reconocer los deseos.

Esto pasará, y cuando pase si me ven, por favor, abrácenme. 

La negación como escudo/las violencias nuestras

Llevo días dando vueltas a un asunto. Si la memoria no me falla hace un año hablaba con una amiga sobre las violencias de las que hemos sido víctimas. Ella enfatizaba que una mujer te puede violentar más que un varón, yo le decía que debíamos escenificar dicha violencia porque estaba casi segura que era una réplica de la violencia ejercida por los hombres.  Llevo casi cinco años obligada por las circunstancias a resolver todo lo que implica mi vida cotidiana y la de mi hijo. Encontré el mayor apoyo en mi madre, eso implica para mí un compromiso que no puedo eludir,  menos en días de contingencia.

Desde niña soy buena para nombrar gestos y rostros, mi amiga siempre me ha parecido un limoncito exprimido, un rostro envejecido, creo que se exige mucho y por eso somos amigas.  Le compartí mis itinerarios en la cuarentena, me compartió su desacuerdo. Todo bien.  Resolver el funcionamiento de una casa, la vida de un niño y porqué no mi autocuidado, resultaron una molestia, ante los mandatos que muches siguen y otres no pueden (ya pensé una entrada para profundizar estas variables del existir en CDMX). Un discurso de rechazo que no se expresó hacia mí, se volvió público, se convirtió en repudio a mis formas de vivir situaciones que yo no elegí, ¿acaso eso no es violencia? No puedo decir que las mujeres violentan mujeres, espero que la calma y el tiempo me permitan desatorar lo que me lastima. La amistad y el amor  entre mujeres es un asunto de subsistencia en tiempo de cuarentena. Como decimos por aquí: la vida después del feminismo.

Magnolia Mexicana

Cuarentena . Nosotras.

He perdido la cuenta de los días.  Resumo, he procurado, me han procurado, ¿Quiénes? Las mujeres, mis amigas, mis socias, mis cómplices. He cuidado de la ansiosa, que me ha consolado a pesar de sus propias tormentas. Hemos hablado del miedo a la muerte de la gente que nos importa, porque queremos estar con ellas y ellos aquí, mañana y en un futuro. Reunimos la subsistencia de algunas familias, que no conocemos, sin embargo nos importan. Me persigue la sombra de la que hace semanas fue golpeada,  vive con su perpetrador, ellas me dicen que su seguridad  es nuestra responsabilidad. Coincidimos, la lucha por la vida es nuestra. Reescribir y politizar los cuidados es un reto sobre todo cuando nuestro par espera ser cuidado. ¿Algo no cuadra? Nombremos, gritemos. Los límites son un bálsamo en situaciones de excepción.

Magnolia mexicana

Quienes salen de casa

I. 

Mi mamá y mi papá viven a kilómetros de distancia. Desde que empezó la pandemia, mi mamá me mensajea sin falta todos los días. Como siempre, me pregunta cómo estoy, qué estoy haciendo… Pero ahora es más enfática cuando, al despedirnos, me pide que me cuide mucho, que por favor no salga de casa. 

Es importante saberte pensada tan amorosamente; saber que, aunque a kilómetros de distancia, tu madre movería cielo, mar y tierra para hacer que estés y te sientas bien; sin embargo, en estos días, y dadas las características del virus, los cuidados tendrían que ser al revés: las y los hijos de ciertas generaciones, tendríamos que estar cuidando a nuestrs viejs, porque son ells ls más vulnerables frente al virus. Pero en este caso estamos lejos y eso, a veces, no se puede. 

Hay otra cosa que me preocupa: mi familia no pertenece a una clase privilegiada. La poca seguridad a la que pudimos aspirar se esfumó cuando, a través de un decreto presidencial, la institución en la que laboraba mi papá desapareció: literalmente, de un plumazo se quedó sin trabajo y, por lo tanto, sin la posibilidad de seguir percibiendo un ingreso constante y, por su puesto, sin una jubilación digna. Mi madre siempre trabajó en casa, cuidando y reproduciendo la vida, así que tampoco hubo mucha posibilidad de que la pandemia les encontrara con una situación económica que les permita quedarse en el hogar, a esperar que pase la tormenta.

Mi mamá vende vinagre en un mercado, es ella quien lo prepara. En los mensajes que intercambiamos el día de hoy me comentó que, como siempre, tuvo que ir a vender su producto. No dijo más, pero quizás para tranquilizarme aclaró que el tiempo que estuvo en la calle usó un cubrebocas. Sí, nos han dicho que usar un cubrebocas no es necesario, pero yo no la voy a desmentir. Más bien me quedo pensando en que el hecho de que ella se refugie en la certeza de que ese cubrebocas la protegerá de un posible contagio, me conmovió profundamente. Mi mamá no tendría que estar saliendo a la calle. Punto.

Desde acá, se hace lo que se puede. Las hijas, en la medida de lo posible, tratamos de colaborar en la economía familiar; sin embargo, no alcanza. La vida en este país es tremendamente cara y complicada para millones de familias que tienen ingresos precarios… si es que los tienen. En resumen, para muchas personas el quedarse en casa simple y sencillamente no es una opción, aunque se vaya la vida en ello.

II .

El día de ayer, 28 de marzo de 2020, en la conferencia en que se informa la situación de nuestro país frente al COVID-19, el Subsecretario de Salud, Hugo López Gatell, fue enfático al afirmar que debemos quedarnos en casa; pero también apuntó: si hay que salir, no hay que olvidar la “sana distancia”, y las recomendaciones básicas para tratar de prevenir el contagio: evitar tocarse la cara y lavarse las manos. 

Como pocas veces, lo que me asusta no son las medidas –o la discutida inacción- del gobierno en turno, sino las voces de un montón de personas con las que, supuestamente, compartía horizontes teóricos, afinidades políticas, esperanzas. Sus señalamientos han ido subiendo de tono: al principio nos mandaban lavar las manos, después empezaron a señalar como irresponsables a quienes no se quedaban en casa y, al final, no han dejado de exigir el estado de excepción. 

A diferencia de la confianza de mi madre en un cubrebocas, me preocupan estos señalamientos porque provienen de gente que ha tenido el privilegio, como yo, de dedicar su vida al estudio de las ciencias sociales y las humanidades, a tratar de interpretar qué es lo pasa en este mundo, a tratar, como diría el clásico, de transformarlo.

Hay quienes enuncian sus ideas, porque pueden, desde casa, a buen recaudo siguiendo a pies juntillas las recomendaciones; también están quienes lo hacen porque regresaron de otros países y tuvieron la oportunidad de ver, de primera mano, lo que está ocurriendo en otras latitudes; no falta quien parece no poder callar, porque debe opinar de todo y antes que nadie. Sin embargo, lo que tienen en común es que, ni por equivocación, han reparado en el lugar desde el cual están enunciando lo que debiéramos hacer, aunque situarnos sea un principio básico para todo aquel y aquella que pretenda, en primer lugar, entender lo que pasa y, en segundo, con mucha valentía, aconsejar con respecto a qué es lo que se debería de hacer, porque claramente son ellos quienes saben. 

III. 

No. Muchas de las personas que aún tienen que salir a las calles no son irresponsables. Muchs de ls que estamos cerca de ells, y ells mismos, estamos legítimamente preocupads por nuestrs seres amados, por todos, porque no queremos que la gente sufra, ni muera; pero sabemos también que las cosas son más complicadas que el sólo exigir un control radical del estado, o que pedir que nos lavemos las manos, como si no lo estuviéramos haciendo.

Quienes regañan lo hacen desde su privilegio, desde la posición del que sabe y, además, sí es responsable, no como ls demás. Me pregunto, por qué en lugar de la exigencia de más estado no están pensando en cómo nos podemos cuidar porque no muchs no podrán permanecer en casa; por qué no están cuestionándose cómo cuidar a quienes son más vulnerables. Por qué no están pensando en involucrarse de manera comprometida en la reproducción de la vida, en  construir y fortalecer redes de apoyo… Por qué no han mencionado que cuando pase la contingencia las cosas van a estar tremendamente feas y hay que empezar a imaginar cómo le vamos a hacer.

Termino donde empecé: compartí la situación de mis padres porque no se trata de “un caso aislado”, por el contrario: como mi mamá y mi papá hay millones de personas que no tienen otra opción que tratar de cuidarse mucho, porque tendrán que seguir saliendo. Pero sobre todo, hablo de ells porque me parece importante hablar y enunciarnos también desde lo que nos duele, desde lo que nos preocupa. Hablo desde ese lugar que ha sido ignorado durante mucho tiempo, porque se suponía que  la historia sólo se trata de los grandes acontecimientos, y no de lo que ocurre día a día con cada una de las existencias particulares. Hablo desde los dolores que son otra manera de aproximarnos al entendimiento de la realidad y de las y los otros, eso que, al final, en este momento es lo que debería estar ocupándonos.